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¿Decido yo o dejo que Dios decida por mí?



En la vida, nos encontramos constantemente ante la encrucijada de tomar decisiones. Estas elecciones pueden ser cruciales, definiendo nuestro camino hacia el éxito o el fracaso. Para aquellos que tienen una relación espiritual con Dios, las decisiones que tomamos en conjunto con Él suelen conducir al éxito, mientras que las que tomamos creyendo que actuamos según Su voluntad pueden llevarnos al fracaso.


Vamos a analizar el caso de Abram y Saraí, quienes mantenían una estrecha relación con Dios. Él les prometió que tendrían un hijo, a pesar de que la edad avanzada y la esterilidad parecían obstáculos insuperables en ese momento. En esta historia, se nos revela una lección fundamental: en la toma de decisiones, escuchamos tres voces distintas, la voz de Dios, la voz personal y la voz del enemigo.


Saraí, en un momento de duda y falta de fe, escuchó su propia voz. Pensó: "No puedo tener hijos, pero mi esclava Agar sí". En su intento de ayudar a Dios a cumplir Su promesa, tomó una decisión que cambió el rumbo de la historia. En lugar de confiar en la promesa divina, buscó su propia solución y permitió que su esclava concebiera un hijo. Este acto de impaciencia y desconfianza continúa afectando el mundo en la actualidad, ya que el hijo de Agar, Ismael, y sus descendientes, se convirtieron en el pueblo Palestino y Árabe.


Cuando Abram y Saraí finalmente volvieron a confiar en la promesa divina, sus nombres fueron cambiados a Abraham y Sara, y Dios cumplió Su promesa al darles a su hijo Isaac, quien se convirtió en el padre de los Israelitas.


La lección que podemos extraer de esta historia es que, para permitir que Dios tome las decisiones en nuestras vidas, debemos buscar primero Su reino. Esto implica establecer una relación diaria con Dios, a través de la oración y el estudio de Su Palabra. La fe, la confianza y la obediencia son elementos clave en este proceso. Cuando cultivamos esta conexión espiritual:


  • La promesa de Dios se convierte en una realidad en nuestro corazón.

  • Comenzamos a visualizar esa promesa como si ya se hubiera materializado en el mundo físico.

  • Sabemos con certeza que Dios ha obrado el milagro y que se hará realidad.

  • Podemos perseverar, manteniendo la oración, la fe y la visualización hasta que la promesa se cumpla por completo.


De esta manera, podemos permitir que Dios tome el timón de nuestras vidas y nos guíe hacia la conquista de cada promesa.


Este blog ha sido escrito por Mario Hernández, basado en la prédica del 21 de octubre de 2023. Si deseas explorar más sobre este tema o compartir tus experiencias, ¡no dudes en dejarnos un comentario! Juntos, podemos aprender a confiar en Dios y permitir que Él tome las riendas en nuestras vidas.

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